Libros de Cabecera

Los trabajadores no son números

Andrés Raya Donet
El líder en un mundo nuevo

Nota del editor: Nos complace ofrecer un extracto del libro El líder en un mundo nuevo escrito por Andrés Raya Donet y publicado por Libros de Cabecera.

La eclosión de la economía colaborativa

Los primeros diez años de este siglo revolucionaron el mundo del consumo. Rachel Botsman, autora de What’s Mine Is Yours, the Rise of Collaborative Economy fue de los primeros analistas en comprender, incluso antes del triunfo de Airbnb y Blablacar, que la crisis financiera de 2009 dejaría un signo muy profundo, destinado no solo a transformar la economía global, sino también el comportamiento de los propios consumidores.

Debido a la reducción de recursos, los millennials empezaron a usar su Smartphone como un mando a distancia para controlar el mundo. Las nuevas generaciones no le tienen miedo a lo desconocido y no se preocupan por la privacidad. Para ellos, la velocidad, el bajo coste y la conveniencia son una realidad adquirida. Por tanto, las empresas que no ofrezcan estas ventajas están condenadas a una decadencia, quizás lenta, pero inexorable.

En la llamada sharing economy se reemplaza la idea de propiedad con la de usufructo. Además de una aceptación de la precariedad y un renovado sentido de comunidad, la economía colaborativa se centra en la confianza, pegamento social que, mezclado con el poder de la tecnología, da vida a una explosión de redes, digitales y sociales.

Estos nuevos mecanismos habilitados por la digitalización nos llevan a confiar en personas desconocidas que nos invitan a su casa a dormir, y en empresas cuya sede se encuentra en el otro lado del planeta y de las cuales casi no existen caras visibles. Esta tendencia podría definirse como una transición de la confianza institucional a una confianza distribuida. Confiamos en una idea y en un modelo antes que en personas o marcas.

Antes de la pandemia, la consultora PricewaterhouseCoopers (PwC) vaticinaba que la facturación de la sharing economy aumentaría hasta los 335 mil millones de dólares en los siguientes diez años. Y esto considerando solo cinco sectores: finanzas peer-to-peer, contratación de personal online, car-sharing, streaming de música y vídeo, y hospitality. Los analistas de PwC aseguraban que el sector de mayor crecimiento sería el de los préstamos online y de las microfinanzas, con un aumento del 63 por ciento durante la década de los 20. Le seguiría el +37% de los servicios virtuales de asignación de personal, la hospitality peer-to-peer (+31%), el car-sharing (+25%) y el streaming de música y vídeo (+17%). Por esta razón, los capitales de riesgo de Estados Unidos se lanzaron con voracidad a la conquista de esos exunicornios, que en casi su totalidad ya pertenecen al 1 por ciento más rico de Silicon Valley. Una contradicción para compañías nacidas para redistribuir las propiedades y que terminaron siendo capturadas por una élite de multimillonarios y fondos de inversión atraídos por la idea más antigua del mundo: monopolizar los mercados en expansión y controlar su desarrollo.

Pero ¿qué pasa si esa confianza distribuida de repente es puesta en duda? Tras la experiencia pandémica y las barreras internacionales que vuelven a levantarse empujadas por las armas, compartir ya no seduce tanto, al tiempo que decrecen la confianza y la apertura hacia los demás.

Si la confianza distribuida y la globalización se tambalean, los gigantes de la economía compartida y globalista, como Uber y Airbnb, peligran, ya que su modelo de negocio se basa en ella. Desde luego, nadie hubiera pensado que podrían ser tan frágiles, o que nuestro viejo mundo lo fuera. Para hacer frente al cambio supuesto por el coronavirus, Uber tuvo que recortar 3700 empleos, apostando por la entrega de alimentos, que en 2020 aumentó en un 89% en comparación con el año anterior, y aún así no pudo cubrir las pérdidas de las actividades de transporte. Se centró en la distribución de comida a domicilio, de la que sacó más beneficios. Airbnb, con una carta conmovedora de su fundador, eso sí, despidió al 25% de sus empleados. Lyft, el rival de Uber en los Estados Unidos, redujo el 17% de su plantilla. Colosos valorados conjuntamente en más de cien mil millones de dólares que casi desaparecieron en el espacio de unas pocas semanas. La inestabilidad se cebó también con esos modelos de disrupción digital.

Los trabajadores pagan las consecuencias

Una de las primeras consecuencias que se registran ahora es un aparente deseo de volver a la esencia, a esa utopía algo anárquica que animó el nacimiento de la economía compartida. Cuando las cosas no van bien, de hecho, es muy común volver la mirada hacia un supuesto pasado idílico que posiblemente nunca existió. Airbnb, por ejemplo, se está enfocando hacia un turismo más local, privilegiando a anfitriones que ofrecen en alquiler sus propias casas, en lugar de los profesionales que administran varios inmuebles y que a lo largo de los años habían acaparado la mayoría de la oferta de la plataforma.

Tendremos que esperar a ver la evolución de este nuevo escenario, pero lo cierto es que la economía colaborativa ha perdido muy pronto su misión original y no será fácil recuperarla. Detrás de una pátina de innovación, este modelo económico se ha ido pareciendo a una especie de feudalismo digital, donde los pioneros del sector utilizan su tiempo no para innovar, sino para proteger y militarizar los territorios conquistados.

La teoría económica básica explica muy bien que un monopolista de este tipo tiende a cultivar y recaudar su renta, descargando los riesgos sobre los más débiles a lo largo de la cadena de creación de valor. El riesgo de empresa, de hecho, recae totalmente sobre los trabajadores, considerados como contratistas independientes, sin ninguna relación directa con la empresa para la que, en realidad, trabajan establemente. De allí nace la definición de gig economy, la economía de los trabajitos, de los anfitriones de Airbnb, los taxistas de Uber, los recaderos de Foodora, Glovo o Deliveroo: el trabajador (freelance) pone el trabajo y asume los riesgos, mientras que el empleador ofrece la plataforma en la que demanda y oferta se encuentran, lucrando una comisión. Salarios mínimos, vacaciones pagadas, licencias por maternidad y enfermedad, normas de despido y demás, son un derecho de los empleados, no de los contratistas independientes, que, en cambio, lidian con inflexibles métricas algorítmicas para la valoración de su trabajo a destajo.

La flexibilidad en el mundo BANI es un valor positivo, pero la libertad no debería traducirse en una forma de explotación. La revolución de internet se ha establecido por su fuerza intrínseca, derivada de la tecnología y del espíritu empresarial innovador, pero seguir ensalzando las virtudes del laissez-faire digital significa cerrar los ojos delante de una serie de distorsiones que pueden limitar el progreso y también disminuir drásticamente la calidad del trabajo. En época de confinamiento y pandemia a la gig economy fue sustituida por la hustle-economy, literalmente economía del ajetreo. Maestros, cocineros y bailarines desempleados recurren a plataformas como Patreon, Twitch y OnlyFans, donde transforman parte de su vida, o de su cuerpo, en un trabajo.

Las definiciones pueden ser muchas, pero la esperanza es que el valor creado por la digitalización algún día se pueda distribuir de manera más uniforme entre trabajadores, clientes, empresas y el Estado, a través de la progresiva normalización de los regímenes regulatorios y fiscales. Por supuesto, hay que aprovechar la fuerte simplificación de los procesos y proporcionar una definición más clara de los derechos y responsabilidades, lo que daría lugar a una competición más equilibrada. El mundo del trabajo se encuentra frente a movimientos telúricos y para no derrumbarse tiene que adaptarse, por un lado, adquiriendo más flexibilidad y, por el otro, defendiendo y fortaleciendo algunas formas de protección. Con la vuelta al protagonismo de los Estados parece que habrá más atención (e intención) en reglamentar estos sectores nacidos del internacionalismo digital, aparentemente tan líquido y escurridizo.

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Acerca del libro

El líder en un mundo nuevo

El líder en un mundo nuevo

Andrés Raya Donet

Ensayo sobre el mundo que está llegando y viene para quedarse

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Acerca del autor

Andrés Raya Donet

Andrés Raya Donet

Andrés Raya es licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Barcelona y MBA por ESADE. Es profesor asociado adjunto del departamento de Dirección de Personas y Organización en ESADE y profesor asociado a la Universidad Ramon Llull.

Es Associate Dean of Programmes de Esade Executive Education y director del programa Liderazgo de personas y gestión de equipos.
Ha sido director general de empresas de distribución y retail de moda, y desde 2003 dedica la mayor parte de su tiempo profesional a escribir, a la docencia, a la gestión del talento y al desarrollo de directivos y directivas.

Ha dirigido proyectos de consultoría institucional y ha participado en algunos de los mayores proyectos de cambio que se han vivido en España, en sectores tan emblemáticos como el bancario o el asegurador.

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